La preciosa historia de una navaja de Taramundi
Historia de una navaja
Al pasar el control de viajeros del aeropuerto de Barajas tuvo que dejar en una bandeja todos los objetos metálicos que llevaba. Desde el cinturón hasta el reloj y el monedero. Los puso en la bandeja de plástico y el escáner «denunció» una pequeña navaja que lo acompañó los últimos sesenta años. Le fue requisada por razones de seguridad. Era la primera vez que viajaba en avión. El funcionario argumentó desganado que podía reclamar el objeto depositado. Lo dijo sin convicción alguna.
Aquel hombre, al que luego acompañé hasta la sala de embarque desde donde saldría el avión que lo llevaría a Galicia, estaba completamente desolado.
Su padre le había regalado la navaja cuando cumplió diez años. Era un bello objeto popular manufacturado en Taramundi con las cachas de boj bien torneado e iluminado por una rama verde y roja, que el tiempo había ido desdibujando.
Con ella moldeó silbatos y esculpió toscamente pequeñas figuras que se escondían en las ramas de los avellanos y él descubría tallándolos en las horas de vagar de primavera, cuando soñaba con iniciar el camino de la emigración que otros mozos de su aldea ya recorrieran.
Propietario de tan útil instrumento se consideraba un adulto mientras cortaba el tocino o las rodajas de chorizo al igual que hacían los campesinos mayores. Con su preciado tesoro traspasaba la puerta que desde la infancia franquea la adolescencia.
Al cumplir dieciocho años se embarcó en Vigo con destino al Uruguay, donde vivió tres décadas. También allí le acompañó su navaja, que guardaba celosamente en el bolsillo derecho de su pantalón. Era el nexo entre la aldea lejana y la moderna urbe donde residía. La navaja envejeció con él, que un día, después de enviudar, hizo el camino de vuelta hasta la tierra que lo vio nacer, y donde descansaban sus muertos por toda la eternidad. Retornó en el último trasatlántico que hacía la ruta entre Iberoamérica y Europa.
Y de nuevo, ya en su aldea, volvió a tallar con su navaja pequeños muñecos que regalaba a los rapaces, sin que estos dieran importancia a la escultura de urgencia, infantil y trasnochada que era su principal entretenimiento para combatir la soledad.
Fue una hija quien lo convenció para que tomara aquel avión. En mala hora. La salida fue demorándose mientras me contaba su vida y dejaba ver el abatimiento por ser desposeído de su preciado e irrecuperable tesoro. Solo me falta morir, musitó al despedirse.
Son historias sencillas que les suceden a gentes corrientes, anónimas. Historias que ya nadie refiere por escrito. Yo he pensado que debía hacerlo. Me recordó que en mi niñez también yo tuve una navaja como aquella, tal vez más pequeña, con la que iba dando forma a mis sueños.
Fuente: lavozdegalicia.es